Carta Pastoral de Monseñor Héctor Vargas Bastidas

El Obispo diocesano, entrega a toda la comunidad esta carta pastoral en estos complejos tiempos y extiende su esperanzador llamado a los todos los Fieles Cristianos que peregrinan en nuestra Diócesis San José de Temuco, a mantener viva la llama de la Fe.

Ante la pandemia: “Dí al Señor… Dios mío, confío en Ti”. Salmo 91.

A los Presbíteros, Diáconos Permanentes, Comunidades Religiosas, Seminaristas y todos los Fieles Cristianos que peregrinan en nuestra Diócesis San José de Temuco:

Los saludo en la Paz del Señor, que nos trae siempre una renovada Esperanza, deseando que en estos tiempos que se vislumbran complejos, podamos mantener viva la llama de la Fe, con el cuidado sanitario necesario y con el cultivo de una vida espiritual y familiar, que nos sostenga en la prueba.

Desde el lunes 16 de marzo, como diócesis, hemos adherido a todas las indicaciones que las autoridades sanitarias, han ido estableciendo, con el objetivo de ser un aporte a la situación de emergencia que enfrenta el país, por la propagación del virus, conocido como Coronavirus o Covid-19; dichas medidas las volvimos a actualizar, haciéndolas públicas el día viernes 20 de marzo; para generar conciencia de lo necesario que se torna el cuidado de nuestra salud y la de los demás y respetar lo decretado por las autoridades civiles.

Frente a esta situación, quiero compartirles una reflexión, expresando mi cercanía de pastor: Ante la pandemia del coronavirus que azota al mundo, un porcentaje no menor de la población experimenta angustia, incertidumbre ante lo que puede venir, temor y sobre todo mucha vulnerabilidad. Parte del desconcierto, quizás, brota de esta repentina e inesperada situación, que de la noche a la mañana ha puesto en crisis el mundo que veníamos construyendo. En efecto, todo aquello en que habíamos puesto toda nuestra confianza y que nos daban razones para vivir y luchar, como la diversión, el poder que viene de la política, las ideologías, los negocios y la economía, la violencia y las guerras actuales, las divisiones y amenazas entre las superpotencias, el brillo de los grandes logros de la ciencia y la tecnología, enmudecen ante este flagelo y quedan sin respuesta ante un hecho del cual no tenemos aún todas las respuestas.

Lo anterior nos ha obligado a volver a poner en el centro de la atención la vida y dignidad de cada ser humano, su valor, su salud, bienestar y salvación. Y entonces, resurge con mucha fuerza, la preocupación por la persona humana al margen de su condición económica, social, política, étnica o religiosa. Los grandes conflictos del mundo, que estaban en el centro de la noticia parecieran disolverse ante esta catástrofe, y nace el anhelo de los acuerdos, de la búsqueda del bien común, la colaboración mutua y la preocupación por los pobres y vulnerables.

Es que por encima de todo hay valores mayores, esenciales que todos estamos llamados a respetar y que en algún momento perdimos por el camino y los despreciamos, como la fe, la esperanza y el amor, encarnados en Jesucristo, el Señor.

Es por ello que con una fuerza impresionante ha surgido la necesidad de la solidaridad universal, de estar en familia para compartir, reconciliarnos y querernos, valorizando como nunca el tenernos unos a otros; mientras toda oferta del mundo parece vacía y frívola. Es que ante la experiencia de la vulnerabilidad total de nuestra condición humana, volvemos a levantar la mirada y el corazón al Dios de la Vida y del Amor que nos recuerda quiénes somos, en qué consiste nuestra dignidad, cómo vivir esta existencia para que sea plena, y la hermosura de nuestro destino, que por ello no tememos, sino que anhelamos como plenitud de la vida y del amor conquistados por la Pascua del Señor.

Esta pandemia es una oportunidad, para hacer renacer una nueva sociedad, sanada humana y espiritualmente, más humilde, menos autosuficiente y soberbia, más preocupada de parir que de matar, de perdonar antes que odiar, de unir lejos de toda confrontación, consciente que solo se puede ser feliz buscando el bienestar de los otros, abierta a la trascendencia, dejándose querer por el amor que Dios Padre le ofrece por su salvación y verdadera sanación en su Hijo Jesucristo.
Él nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano; su vida y su palabra son para nosotros la prueba de su amor; como un padre siente ternura por sus hijos, así siente ternura por nosotros sus fieles. Y ahora, mientras ofrece a su Pueblo un tiempo de gracia y reconciliación en la cuaresma, lo alienta en Cristo para que vuelva a Él, obedeciendo más plenamente al Espíritu Santo, y se entregue al servicio de todos los hombres.

Con todo lo anterior, invito a las parroquias, sus consejos pastorales, sus ministros y la comunidad en general a seguir en este empeño, hasta que las autoridades sanitarias, dispongan otra cosa y esta pandemia haya bajado su intensidad y no revista un riesgo para todos.
Agradezco en este punto a todas las comunidades que han hecho grandes esfuerzos por mantener a los fieles en sintonía con el Señor, a través, de las nuevas tecnologías, la radio o la televisión, para estar creativa y espiritualmente unidos en la fe.

En este mismo sentido, la suspensión de las Eucaristías públicas, no son oportunidad para desconectarse o dejar de vivir el misterio central de nuestra fe, sino más bien, revisten una gran posibilidad de hacerlo en familia -Iglesia Doméstica- cuidando que sea un espacio que permita fortalecer la Esperanza, sin que nos atemoricemos o desesperemos.

Invito a preparar la Semana Santa de una forma especial, la Santa Sede ha dado orientaciones que debemos cumplir; por ello, las comunidades parroquiales deben adecuarse de la mejor manera para celebrar y vivir el Misterio Pascual.
Pido especialmente a los jóvenes, de pastoral juvenil, colegios y movimientos, que no se eximan de esta catástrofe, coordinen en sus comunidades acciones concretas a realizar, de igual modo los grupos de Acción Social y Fraterna; los esfuerzos comunes, generan la sinodalidad y la comunión.

Finalmente pido a mis hermanos sacerdotes, diáconos permanentes, ministros, seminaristas y consagrados: no dejen al Pueblo de Dios, hoy son momentos complejos, donde la búsqueda de Dios y de su Palabra son absolutamente necesarias, sé que puede haber temor en el corazón, por la posibilidad de contagiarse, pero hagan lo posible por estar con sus fieles, siendo pastores al estilo de Jesús. De igual modo los diáconos permanentes y ministros, sean prudentes en el actuar pastoral; su primera responsabilidad con la Iglesia a la que sirven, es cuidar y proteger a sus familias: Iglesia Doméstica.

Mi palabra de Esperanza va también dirigida a todos los laicos y laicas, todo el Pueblo de Dios de nuestra diócesis, de la cordillera y del mar, de la ciudad y del campo; los animo a tener los resguardos y la prudencia necesaria, ya que sus familias también son importantes y hay que protegerlas de cualquier situación ante un posible contagio.

Estamos bajo la Divina Misericordia del Señor, nos ponemos en manos de María, que Ella en estos momentos sea Auxilio para los Cristianos, confiamos en la protección de San José, nuestro patrono, ya que también tuvo que estar en momentos complejos junto a su familia.
No olvidemos de rezar el salmo 91, y de mantenernos firmes en la Fe y animados en la Esperanza.

Con Afecto de padre y pastor, les doy mi bendición.

+Héctor Vargas Bastidas, SDB
Obispo de Temuco

Temuco 25, de marzo de 2020, Solemnidad de la Anunciación del Señor.

Fuente: Comunicaciones Temuco
Temuco, 28-03-2020